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La Obra

manusaldiaskuhlmann @ 01:56

Uno de mis cuentos:

LA OBRA

El teatro estaba lleno y el drama, por comenzar. Ahora, todos en silencio. Las cortinas se hacen a un costado, se levanta el telón y comenzamos a presenciar quizá la obra más polémica del siglo pasado; una cargada de utopía e idealismo, pero también de engaño, esclavitud y muerte…

Primer acto: Un extenso e inquietante rectángulo de tela roja con una hoz, un martillo y una estrella dorados aparece con afán triunfante sobre el escenario, guiado por uno de tantos seres grises de botas embarradas. Su líder -un aparecido personaje calvo- toma la palabra y hace suya lo que él llama la voz de los trabajadores, soldados y campesinos. La blanca y nostálgica Rusia de octubre termina en la roja Unión de los Soviets, teñida violentamente desde un comienzo por la sangre de los Zares.

Segundo acto: Fin de la Segunda Gran Guerra y escisión del mundo en dos grandes bandos; uno situado a la izquierda y el otro a la derecha del gran escenario. Levantan los actores de aquel lado un muro pintado de gris -del mismo tono de los personajes del primer acto-. A simple vista parece sólido; resistente en lo conceptual como el hierro y tosco en lo práctico como el hormigón. Sin embargo, esa división no es más que una mera fachada; ¡Qué habilidad y poder de convencimiento! Es, en realidad, una brecha vacía, cuya sima calzaría -actos más tarde- en los incómodos zapatos del fracaso.

Tercer acto: A diestra, vemos cómo aparecen expresivos carteles de júbilo y descontento, papeletas de voto y avisos publicitarios; y a siniestra, carteles oficiales, papeletas oficiales y avisos oficiales... La atención del público –acostumbrada por estos días más bien a lo primero- se centra entonces en la segunda mitad. Aparece un solo líder, un solo partido, una sola voz, un solo silencio… Claro, silencio que no es de uno solo, sino de todos. Se asoma protagonista un bigotudo sonriente, sentado bonachonamente en su trono con gesto imperativo y abajo, bueno, un personaje anónimo que –con una venda en la boca y unos ojos torturados por el miedo- lleva una cruz negra por todos aquellos que, desafiando al monoateísta de arriba, desaparecieron en algún lugar de la estepa siberiana, bajo la estrella roja del poder.

Cuarto acto: Se levanta una estructura inmensa que organiza, controla y ve todo… En la cima sigue el sillón del bigotudo, quien ya no está y que -a estas alturas- ocupa otro monarca sin corona. Se pone gentilmente al personaje del “ciudadano izquierdo” dentro del espacio que –por supuesto, en forma equitativa- se le asigna en un block o mole habitacional, escuetamente representados por un manojo de llaves. En él, se le indica que ha de desenvolverse a su antojo, pero dentro de las directrices y parámetros de lo que permite el Partido, claro está. Se le da educación y salud sin costo, por la entrega de un libro encarnado y un fonendoscopio –para que se encuentre en óptimas condiciones de realizar su también asignada labor productiva al interior de la estructura de la hoz y el martillo- y se le permite ratos de ocio con una pelota roja, gracias a sendos espectáculos montados también en concordancia con la poco estética forma del grueso y aparatoso edificio.

Quinto acto: Mientras los actores de la derecha congelan sus movimientos y desaparecen en la oscuridad –dándose con ello todo el énfasis a sus amurallados vecinos- aparece otro personaje calvo, golpeando enérgicamente con su zapato una mesa multinacionalmente redonda… Se asoma también un segundo bigotudo -aunque de boina-, acompañado de su doctor de cabecera -verde y ahumado compañero barbudo- ambos, en una ínsula escenográfica y perfectamente bananera, si no fuera eso sí por el frío gris impreso en los centros de detención y en las precarias balsas de quienes huyendo sigilosamente hacia el otro lado, no logran alcanzarlo.

Sexto acto: Comienza la verdadera “revolución”; esta vez desde abajo. Los mismos seres grises del comienzo se atreven a hablar por primera vez y a gritar a los cuatro vientos que ellos son el pueblo. Sacuden a la súper-estructura y esta se desploma en pocos segundos... En forma sorpresiva se enciende el lado derecho del escenario. Los ciudadanos -izquierdos y derechos, desorientados- echan abajo el muro… En medio del colapso y con todo el brillo del protagonismo desciende entonces la figura visible, palpable y humana de la Libertad.

Cae el telón. La obra, ha terminado.


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